"Te gustará saber..."


Más de diez años sin volver a este rincón que hice tan mío, a este espacio de intimidad que elegí para pensarte… para apartar el deseo de vivirte cerca, siempre cerca, de la certeza más cruel: nuestros destinos eran distintos.
 
Más de diez años sin sentarme contigo sin ti (aunque ahora ya no es así). De volver a casa recorriendo la Alameda con la mirada perdida en el casco viejo de Santiago ardiendo al caer el sol de otoño… como un atardecer en el desierto, sin más desierto que el mío.

Cuántas veces lo hice cantando aquella canción de Serrat que tanto me gusta…

Dondequiera que estés / te gustará saber / que por flaca que fuese la vereda / no malvendí tu pañuelo de seda / por un trozo de pan / y que jamás / por más cansado que / estuviese, abandone / tu recuerdo a la orilla del camino / y por fría que fuera mi noche triste / no eché al fuego ni un solo / de los besos que me diste / Por ti brilló mi sol un día / y cuando pienso en ti brilla de nuevo / sin que lo empañe la melancolía / de los fugaces amores eternos / Dondequiera que estés / te gustaría saber / que te pude olvidar y no he querido / y por fría que sea mi noche triste / no echo al fuego ni uno solo / de los besos que me diste. / Dondequiera que estés.... si te acuerdes de mí.
 
...aunque más que cantarla te la susurraba al oído sin importarme la distancia y el frío de tu ausencia.

Escribiendo esto me doy cuenta que desde hace tiempo, más del que tu hubieras deseado, llevo clavado en el pecho un pequeño deseo, tan pequeño como una espina de rosa pero me hiere como un universo…

…volver a escribirte una carta, a mano, como aquellas que te escribía cuando nos conocimos.

Así que en esta tarde de invierno, ebrio de intimidades, he decidido desenterrar mis viejas costumbres, mis pequeños ritos.

Lo primero que he hecho ha sido buscar el papel para esta ocasión. Luego, al llegar a casa, he rescatado de mi bandolera la pluma que aún conservo y me acompaña siempre más por cariño que por uso. He preparado la tinta mientras escucho “December” de George Winston y he cerrado los ojos durante unos segundos… he respirado hondo y sereno…

Empezar la carta ha sido sencillo, lo he hecho como siempre: “Mi querida y amada Ana Cristina”. Después, la primera idea ha surgido con fluidez. Puede que llevara demasiado tiempo queriendo ser expresada y en cuanto ha podido ha salido ágil y fresca como agua que brota de un nuevo manantial.


“Si todo lo que he vivido me ha llevado irremediablemente a ti, todo… absolutamente todo ha sido bueno. Si todo lo que vivimos me lleva cada día irremediablemente a ti, a pesar de las luces y las sombras, de los laureles y las derrotas, todo… absolutamente todo es bueno.

Y cuánto deseo ser para ti la misma certeza…

Haberme convertido en ese espacio dónde puedes ser tú, sin atadura alguna o con ellas, sin sombra alguna o con ellas, sin miedo alguno o con él, sin dolor alguno o dolida… tú... simplemente tú.

Y cuánto deseo ser para ti espacio dónde puedas perdonarme cuando soy yo tu atadura, tu sombra, tu miedo, tu dolor…

La pluma me pesa, me pesan los trazos de las palabras… lo más profundo me pesa porque no sabe cómo salir… cómo decir lo que no puede decirse…

… el amor no puede decirse.
Todo lo que se ha dicho y dice sobre él no es él.
El amor es verbo, es amar…
Es ser amor, amado y amante…
Amor es verbo, es amar… "


Epílogo

Mi querida y amada Ana Cristina, quise escribirte una carta y nada más me ha salido, nada más se decirte ahora…

…asumir el verbo y no la palabra, y hacer de la palabra verbo.

 
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