GÉNESIS


Del cantautor L. Eduardo Aute me ha gustado siempre su lenguaje tan abierto, desnudo y ausente de pudor en muchas de sus letras. Intuyo (o creo hacerlo) lo que supusieron esas canciones en un contexto de transición, cuando al pudor dominante aún no le había dado tiempo de quitarse el luto.

Por eso cuando emepecé, hace ya unos cuantos años, a arrancarle a la guitarra algún acorde que conseguía arañar mi intimidad, no puede evitar dibujar una imagen erótica intentando emular a Aute. Sólo que, en mi caso, el pincel no estaba movido exclusivamente por mi voluntad, ni por la búsqueda de la belleza que quería inmortalizar a mi manera, sino también por mi vocación humanista que ya despuntaba desde muy temprano sin que yo apenas lo percibiera.

Es por eso que quise hablar del erotismo no como esa parte de libertad desenfrenada que brota con cierta armonía carnal, sino como esa expresión del amor que, aunque movido inicialmente por el deseo de poseer, termina "poseyendo" al no poseer nada. Es el amor desinteresado el que nos humaniza. Dicho de otra manera: el amor "interesado" en el otro, el que busca el bien del otro, es el que consigue que encontremos nuestro propio bien. Todo lo demás es convertir al otro en un objeto... y ya sabemos a dónde conduce tal sutil atrociodad.

Por supuesto, soy consciente de que somos esencialmente ambivalentes. Normalmente nos movemos entre luces y sombras porque esa es nuestra condición. Esto no es lo que crea desequilibrio. Lo que nos animaliza no es nuestra condición contradictoria sino desear deseos, consumir deseos, desear más y más sin más meta que saciar deseos.

Amar es un arte, es posible... y el amor hace del deseo cauce y encuentro, entrega y proyecto, compromiso y libertad...

La canción se llama Génesis, espero que os guste.

Ay, mujer, desnuda de intenciones,
arrebatadamente, con inocencia niña,
abriste mis presentes con tus juegos de otoño
y me hiciste prisionero de mi propia libertad
liberada entre tus miembros.

Espejismo y misterio...
la pasión nos conduce al amor y su verbo.
Alboreando la razón, aturdida reconoce su verdad
en el destello de la unión y el génesis de los amantes.

Ay, mujer, sublime en lo cotidiano,
íntimamente horizonte, libertad ofrecida...

Ay, mujer, como ángel encarnado
haces de cada aliento un sueño realizado...

El alma gime humana, se sabe descubierta.
Los miedos desterrados y las heridas abiertas
redimiendo el pasado.

Ay, mujer, tallada con dulzura a golpes de luz y sombra.
Vestida de improvistos. Tu puerta siempre abierta.
Tus pasos sin destino. Tus ojos profecía
para quien no retuvo nada de sí mismo en tu vida.

Ay, mujer, que importa no ser tu morada
si me lo has dado todo
por no poseerte en nada.